Tragedia en la ruta 2: “Los que estábamos bien pudimos sacar a todos, fue un momento terrible”:
La mañana había empezado con la expectativa de un encuentro que prometía debatir soluciones para los barrios populares. Terminó, en cambio, con gritos y un silencio áspero sobre el kilómetro 325 de la Ruta 2. Allí, un micro de turismo que trasladaba a 56 personas hacia Mar del Plata volcó sobre un cantero. Hay dos muertos y decenas de heridos.
Muchos de los pasajeros eran militantes barriales, trabajadores comunitarios y estudiantes universitarios que viajaban para participar del 1° Encuentro Internacional de Hábitat en Mar del Plata, un congreso que finalmente fue suspendido.
Entre ellos estaba el padre Paco Olveira, Sacerdote de la «Opción por los Pobres y enfermero, que viajaba solo, aunque rodeado de gente que conoce de toda una vida en los barrios del Oeste del Gran Buenos Aires. El vuelco lo sorprendió entre sueños: “Estaba dormitando, pero más bien despierto. El micro venía normal. No iba rápido, no había nada que hiciera presagiar que en esa curva se iba a salir de la ruta”, le dice a Clarín desde el hospital de Pirán, donde fue derivado junto a un grupo de pasajeros con heridas leves.
Eran las 8 de la mañana cuando el micro, de dos pisos, se desvió y terminó volcado sobre la zanja. “Gracias a Dios no tenía agua, sólo ese barro purulento. Pero igual la imagen fue terrible”, recuerda. Según el parte oficial, hubo dos fallecidos en el lugar. Otros tres pasajeros fueron trasladados en estado grave a Mar del Plata, ocho en condición “amarilla” al hospital de Vidal y 37 heridos leves también a ese centro de salud. Hubo siete ilesos y el conductor resultó sin heridas.
Paco habla pausado, midiendo cada palabra. Pero hay un momento en el que la voz le tiembla: “Los que estábamos más enteros empezamos a sacar a todos. No sé si fueron cuatro, cinco o seis minutos… pero fue muy rápido. A una persona no la pudimos sacar. Solo se veía la mano bajo el micro. Yo le tomé el pulso… y ya no había nada que hacer”. Lo dice con una tristeza que se le nota en la voz, con esa impotencia serena de quien sabe que, aun queriendo, no podía hacer más.
Cuenta que algunos pasajeros no podían moverse, paralizados por los golpes y por el shock. “Había quien gritaba y quien se quedó quieto sin reaccionar. Yo soy enfermero, sé que no se debe mover a alguien en un accidente… pero si el micro se prendía fuego, nadie quedaba vivo. Así que los sacamos igual. Creo que hicimos bien”, manifestó.
El operativo de emergencia llegó enseguida: bomberos, ambulancias, personal de AUBASA, Policía Vial, Defensa Civil. “Actuaron maravillosamente”, dice el sacerdote. En medio de la confusión circularon versiones sobre un auto que habría provocado la maniobra brusca. Él prefiere no afirmarlo: “Eso lo dijo alguien de acá, pero no sé quién. Habrá que ver si fue un siniestro inevitable o si hubo responsables”, prefirió decir.
El colectivo había salido pasada la medianoche desde distintos puntos del Oeste. En el micro viajaban referentes barriales, trabajadores del Organismo Provincial de Integración Sociourbana (OPISU), integrantes del Ministerio de Trabajo bonaerense y un grupo de estudiantes universitarios con su docente. “Íbamos a hablar de acceso a la tierra, a la vivienda, de mejoramientos en los barrios. A buscar soluciones. Por eso duele tanto todo esto”, dice Paco.
En el hospital de Pirán, la mayoría no quiere hablar dice el padre. Están golpeados, tratando de entender cómo un viaje se convirtió en tragedia. “Somos gente de las villas, de los asentamientos. Militamos para mejorar nuestros barrios”, dice el referente.
Antes de cortar, respira hondo. “No meto a Dios en esto… pero sí puedo decir que la sacamos bastante barata. Excepto las personas que murieron”, dijo. Mientras la Ruta 2 sigue con tránsito reducido mientras los peritos trabajan entre el eco del vuelco que marcó la mañana.
Todos los heridos están «fuera de peligro»
En el polideportivo Juan Domingo Perón de Coronel Vidal el consultorio del lugar se transformó de urgencia en una pequeña salita improvisada. Allí atendieron a unas diez personas, algunos con golpes otros sin nada pero con el temor presente de lo que vivieron. Ahí estaban los heridos más leves, los que pudieron salir por sus propios medios y que todavía temblaban por el susto. En ese grupo estaba el padre Paco, que esperaba sentado, en silencio, mientras el eco del accidente seguía vibrando en el aire. Desde ese espacio, algunos volvieron con su familia; los que no tenían a nadie fueron derivados para alojarse en el Hotel Provincial de Mar del Plata.
Con el hombro golpeado y la mirada perdida, Andrés aguarda su última revisión sentado en una banqueta de la cancha. Cada tanto se mueve un poco, como buscando una posición que no le duela tanto. Habla bajo, casi sin mover los labios: dice que no recuerda bien lo que pasó, que estaba dormido cuando todo se volvió gritos y sacudones. “Me asusté. Pensé que no estaba vivo, que estaba soñando”, atinó a decir a este medio.

